Durante más de 25 años, el Jardín Sonrisitas enseñó las primeras letras a los niños de Villa del Cerro, un barrio portuario de clase trabajadora en la capital de Uruguay. En diciembre, ese jardín de infantes cerró sus puertas: uno de los tres centros infantiles que dejaron de operar en el barrio en los últimos tres años.
La razón es sencilla, explica Catalina Clara, de 38 años, cuya hija de seis años fue una de las últimas cuatro alumnas: “Hay poca natalidad”.
De hecho, el año pasado nacieron en Uruguay apenas unos 29.000 bebés, una cifra que cayó desde los 49.000 de hace una década y que alcanza mínimos no vistos desde el siglo XIX.
Las muertes superan a los nacimientos desde hace seis años consecutivos. Y a medida que la cantidad de niños en edad escolar disminuye, se proyecta que otros 80 colegios privados del Gran Montevideo cerrarán antes de 2030.
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Uruguay no está solo: América Latina atraviesa los primeros días de una transformación demográfica histórica que parece destinada a reconfigurar la política, los negocios, las comunidades y nuestro estilo de vida.
Las estadísticas hablan claro. Según datos de la ONU, la tasa de fecundidad en América Latina es ahora de 1,8 hijos por mujer: una caída desde los seis de 1950, y por debajo del nivel de reemplazo de 2,1. Si las tendencias actuales se mantienen, para el año 2100 las poblaciones nacionales disminuirán en un tercio en Chile y Uruguay, en una cuarta parte en Brasil y en un quinto en Argentina.
América del Norte, Europa y partes de Asia han experimentado tendencias similares desde la década de 2010. Pero en América Latina, la caída se ha acelerado más allá de las estimaciones, lo que presiona a los responsables de políticas públicas a calibrar el impacto en todo: desde los impuestos y las pensiones hasta el futuro crecimiento económico.
Increíblemente, Chile tiene ahora una tasa de natalidad más baja que la de Japón. Censos recientes arrojaron poblaciones significativamente menores a las esperadas por las autoridades en Brasil (203 millones, y no 213 millones) y Chile (18,5 millones, y no 20 millones). La encuesta de Paraguay de 2022 llegó a un total de apenas 6,1 millones, y no 7,5 millones: una quinta parte menos de lo que se había asumido. “Esto obligará prácticamente a diseñar un nuevo Paraguay”, declaró desconcertado el ministro de Economía de ese país.
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Dado que la esperanza de vida también ha ido aumentando a medida que las tasas de natalidad caen, América Latina hoy envejece más rápido que cualquier otra región del mundo. En 1980, apenas el 5 por ciento de la población tenía más de 65 años. Esa cifra se ha duplicado desde entonces y llegará al 25 por ciento en 2050. “Esto traerá consecuencias enormes”, dice Luis Rosero-Bixby, veterano demógrafo y fundador del Centro Centroamericano de Población de la Universidad de Costa Rica.
Llamémosla la ‘Marea Plateada’: un cambio político y económico de alcance e impacto incluso mayor que la llamada Marea Rosa de gobiernos de izquierda que transformó la región a comienzos del siglo. Mientras la Marea Rosa dependía de condiciones externas pasajeras –el ascenso de China, los precios de materias primas al alza, etc.–, la pirámide poblacional cada vez más envejecida del continente refleja tendencias que parecen haber llegado para quedarse.
Sin embargo, donde algunos ven una crisis, otros ven una oportunidad. Las empresas están invirtiendo en áreas de crecimiento futuras como el turismo accesible, las residencias de ancianos y la robótica, parte de una llamada ‘economía plateada’ que se proyecta que más que duplique su tamaño en América Latina hasta alcanzar unos US$ 650.000 millones en 2033. Y muchas personas ven a las familias más pequeñas no como una emergencia nacional, sino como un camino hacia una vida más plena y sostenible.
La región enfrenta un cambio demográfico que presiona los sistemas de pensiones y salud. Foto:iStock.
“El verdadero desafío es cómo respondemos a estos cambios, y cómo nuestras sociedades pueden envejecer con mayor dignidad”, afirma Cristina Querubín, consultora del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que examina los debates en torno a la transición demográfica de América Latina.
Millones menos
Ya sea que se vea la tendencia como algo positivo o negativo, todos coinciden en que se trata de un cambio mayor para una región que alguna vez se enorgulleció de tener bebés, y muchos.
De hecho, “la región vivió una explosión demográfica” en el siglo XX, anota Rosero-Bixby. Entre 1900 y 2000, los habitantes del continente se multiplicaron por nueve –más del doble del promedio mundial– pasando de 60 millones a 520 millones.
¿Qué cambió? Parte de la respuesta se remonta a décadas atrás. La curva descendente más pronunciada se produjo entre 1960 y 1990, cuando los latinoamericanos se trasladaron a las ciudades y empezaron a usar anticonceptivos. Las campañas de vacunación, la mejora del saneamiento y una mejor nutrición también redujeron drásticamente la mortalidad infantil y aumentaron la esperanza de vida. Un niño nacido en la región a mediados del siglo pasado difícilmente vivía más de 50 años; uno nacido hoy probablemente llegará a los 76 años y en el 2050, a los 80.
El aumento de la asistencia de las niñas a la escuela secundaria, que ahora supera el 90 por ciento en América Latina, también ayudó a las mujeres a posponer la maternidad y a tener familias más pequeñas. Pero el descenso de las tasas de natalidad es cada vez más marcado desde la década de 2010, y se observa una aparente ‘caída libre’ desde la pandemia del covid-19, lo que ha alarmado a algunos responsables de políticas y dividido a los científicos sociales sobre las causas potenciales.
El hecho de que la matrícula universitaria casi se haya triplicado, pasando del 23 por ciento de la población en edad universitaria en 2000 al 58 por ciento en 2023 –a medida que países como Brasil, Perú, Argentina y Chile abrieron campus más accesibles para estudiantes de clase trabajadora– parece haber ampliado los horizontes de muchos jóvenes más allá de la crianza de los hijos.
Los cambios en las políticas también influyeron. Desde 2005, Uruguay ha reducido a más de la mitad las tasas de embarazo adolescente mediante la ampliación de la educación sexual, el acceso al aborto y los servicios de planificación familiar, incluidos implantes subdérmicos gratuitos para las niñas vulnerables y para las que acaban de dar a luz.
“El análisis que hacemos las feministas es que es positivo que las adolescentes están descubriendo su sexualidad sin embarazos forzados”, dijo Tamara Abracinskas de MYSU, una ONG feminista.
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¿Sin hijos por elección?
América Latina alberga versiones especialmente pronunciadas de varias tendencias que deprimen las tasas de natalidad en todo el mundo, desde el alto costo de vida hasta y la incertidumbre por el trabajo, hasta preocupaciones por el cambio climático, la delincuencia y el curso de la geopolítica mundial.
Rodrigo Villaverde, un profesor de literatura de 31 años, solía trabajar en el Colegio Los Vascos, un colegio de Montevideo fundado en 1867 que cerró sus puertas en enero. Quizás paradójicamente, dice que él y su novia no tienen planes de tener hijos: en parte para perseguir sus propias ambiciones y, en parte, porque el panorama global “no llama mucho a procrear”.
Para Fernando Cañete y Nadia Gómez, la paternidad se siente como una perspectiva imposible. La pareja, ambos de 34 años, vive en un apartamento de dos habitaciones con tres gatos en el centro de Asunción, la capital de Paraguay. Sus ingresos –ella trabaja en comunicaciones y él es arquitecto– cubren el alquiler, pero dejan poco margen para ahorrar. “Tendríamos que ganarnos la lotería para pensar en el compromiso de largo plazo que sería tener hijos”, dijo Gómez. Y agrega otras dos grandes preocupaciones: el cambio climático y “¿será que nos vamos a jubilar?”.
Y quienes sí desean perpetuar nuestra especie enfrentan múltiples dificultades. Dos ejemplos. Encontrar cuidadores confiables y carreras laborales estables puede resultar difícil. La migración rural-urbana ha trastocado la tradición latinoamericana de los hogares multigeneracionales, lo que significa que los abuelos a menudo están demasiado lejos para ejercer como cuidadores gratuitos.
De otro lado, las mujeres latinoamericanas se han insertado fuertemente en el escenario laboral, pero siguen realizando el doble de trabajo de cuidados no remunerado y doméstico que los hombres, lo que hace que la maternidad resulte cada vez menos atractiva.
Los políticos han intentado abordar el problema, con resultados desiguales. El expresidente chileno Gabriel Boric –que el año pasado publicó una foto sonriente con su hija de seis semanas, con la barba manchada de leche regurgitada– se ganó el reconocimiento durante su mandato 2022-2026 por reducir la jornada laboral, ampliar las opciones de teletrabajo para los padres y fortalecer el Sistema Nacional de Cuidados. Autodescrito como feminista, también aprobó reformas que permiten al Estado recuperar las pensiones alimenticias impagas de las cuentas bancarias y pensiones de los deudores, para así ayudar a las madres solteras.
Su sucesor, José Antonio Kast, también ha calificado la caída de la natalidad como una prioridad “urgente”, pero con un enfoque diferente. Padre católico de nueve hijos y abierto opositor al aborto, Kast ha advertido que “ya no habrá Chile” a menos que nazcan más bebés de no inmigrantes. Sus propuestas incluyen otorgar a las madres un pago único en efectivo de 1.000 dólares por cada hijo, más otros 1.000 dólares en una cuenta de ahorros a nombre del recién nacido, además rebajas de impuestos para las familias con niños y ampliar la red de salas cuna.
Los críticos dicen que esas políticas no funcionarán sin mejorar los niveles de vida. “No es que las mujeres no quieran tener hijos”, dijo Thiare Pérez, de 34 años, una organizadora comunitaria y madre de dos hijos en Lo Hermida, un extenso barrio informal de Santiago de Chile. “El propio sistema ha precarizado tanto la vida, que criar con dignidad se vuelve cada vez más difícil”, argumentó.
Las preocupaciones por la delincuencia también pueden influir en las decisiones de una región que representa alrededor del 30 por ciento de los homicidios mundiales, a pesar de contar con apenas el 8 por ciento de la población mundial. Casi uno de cada cinco latinoamericanos considera que la delincuencia es el problema más importante que enfrenta su país.
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Matías Morales, de 28 años, que ayuda a gestionar la tienda de su familia en Villa del Cerro de Montevideo, contrastó su vida sin hijos con la de sus abuelos, que llegaron como refugiados de Armenia y criaron a seis. Cada uno formó su propia familia. Pero el cierre de la última planta frigorífica del barrio en 1989, seguido de crisis económicas y las secuelas del covid-19, abrió las puertas a las bandas de narcotraficantes. Morales ha sido asaltado a punta de pistola y la pareja de su madre ha recibido un disparo. “La narcocultura se expandió”, dice Morales. “Nadie piensa en tener un niño en estas condiciones”.
La crisis que se asoma
Sea cuales sean los factores subyacentes, no cabe duda de que el acelerado avance de América Latina hacia una edad mediana de 40 años para 2050 –frente a los 18 de 1950 y los 31 de hoy– tendrá consecuencias de largo alcance para los mercados laborales, las economías y los sistemas de atención.
La proporción de la población en edad de trabajar alcanzará su punto máximo alrededor de 2040, antes de disminuir, lo que plantea espinosas preguntas sobre quién pagará la jubilación. Y a medida que aumentan las tasas de dependencia, las pensiones ya se han convertido en un campo de batalla central en la política latinoamericana.
En Chile, años de manifestaciones por los pagos insuficientes de las administradoras privadas de pensiones se convirtieron en la columna vertebral del estallido social de 2019. El año anterior en Nicaragua, las protestas contra una propuesta de recorte del 5 por ciento a las pensiones desencadenaron una violenta represión del régimen Ortega-Murillo que dejó cientos de muertos. La reforma previsional de Jair Bolsonaro en 2019 provocó una huelga general en 189 ciudades brasileñas, y es poco probable que haya resuelto el problema de manera duradera. Mientras la motosierra de Javier Milei se cierne sobre los derechos de los jubilados en Argentina, limitando el acceso y número de los medicamentos gratuitos para los retirados.
Paralelamente, las edades de jubilación siguen siendo llamativamente bajas en algunas profesiones: 60 años para los funcionarios públicos en Barbados, 58 años para los docentes en Paraguay, y alrededor de 55 años para algunos policías en Brasil. Los trabajadores de la estatal petrolera mexicana Pemex y los soldados de la República Dominicana pueden jubilarse a los cincuenta y pocos años, según los años cotizados. Pero los intentos de elevar los umbrales suelen resultar una ‘criptonita política’, exponiendo a los legisladores a acusaciones de querer que la gente se muera trabajando. De hecho, se está extendiendo una táctica de protesta emotiva: manifestantes que exhiben y queman ataúdes de utilería.
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Para el tercio de los adultos mayores latinoamericanos que no tienen pensión ni ingresos en absoluto –y para quienes sus beneficios se ven erosionados por la inflación– esas disputas pueden parecer abstractas. Claudio Maraviglio, de la Unión de Trabajadores Jubilados en Lucha de Argentina, dijo que el poder adquisitivo de los jubilados se ha desmoronado desde 2013, en parte debido a las medidas impuestas por la administración de Milei. “Los jubilados estamos muy mal, hay gente enferma, viviendo en la calle, y quitándose la vida”, dice Maraviglio, de 76 años, un profesor de economía jubilado.
Reconfiguración social
Las sociedades que envejecen también reconfigurarán las industrias y los mercados laborales de América Latina. La agricultura y la salud ya enfrentan escasez de personal, y el trabajo de cuidados probablemente sea el siguiente sector afectado. Los cuidados de larga duración podrían requerir un gasto público cercano al 5 por ciento del PIB para 2035, en particular a medida que cada vez menos mujeres estén dispuestas a asumir las tareas de cuidados no remuneradas en el hogar.
Los empleadores podrían recurrir a extranjeros: en Costa Rica, los nicaragüenses ya representan el 16 por ciento de la fuerza laboral. Pero sin esfuerzos para integrar a los migrantes –como la regularización masiva en Colombia de 2 millones de venezolanos indocumentados en 2021– su contribución a las redes de seguridad social y a la renovación demográfica a largo plazo será limitada.
En última instancia, argumentó Querubín, “los países van a necesitar más productividad y políticas que dejen que la gente sea más activa por más tiempo”.
Un mundo en el que uno de cada cuatro latinoamericanos sea adulto mayor tendrá consecuencias significativas para las economías. Según un informe reciente del McKinsey Global Institute, el dividendo demográfico ha sumado en promedio un 0,5 por ciento de crecimiento al PIB per cápita en América Latina y el Caribe cada año desde 1997. Pero en el próximo cuarto de siglo, esta contribución caerá a cero. El PIB real per cápita de México, por ejemplo, será 2.600 dólares menor en 2050 que lo que habría sido si su pirámide poblacional se hubiera mantenido estable. Eso representa una enorme pérdida de prosperidad para una región cuyas economías han crecido apenas un 1,5 por ciento anual desde 2015.
“El principal desafío para América Latina es que la región envejecerá antes de enriquecerse”, dice Ernesto Revilla, economista jefe para A. Latina en Citigroup.
La innovación tecnológica –incluida la inteligencia artificial– podría impulsar la productividad, permitir a los adultos mayores trabajar a tiempo parcial desde casa y compensar parte de estos vientos en contra. Otras medidas de bienestar y calidad de vida podrían, entretanto, mejorar: quienes tienen más de 60 años tienden a reportar niveles de felicidad más altos. Pero en términos crudos de PIB, el impacto negativo difícilmente puede edulcorarse. “La combinación de bajo crecimiento y mayores presiones fiscales”, añadió Revilla, “definitivamente no es buena para América Latina”.
¿Con impacto político?
El panorama es más difuso en cuanto a lo que el envejecimiento de América Latina significa para su famosa ‘política pendular’. La experiencia de Europa, Asia y América del Norte sugiere que las personas se vuelven más conservadoras con la edad. Si esto se cumple, el reciente giro a la derecha de la región podría afianzarse.
La menor natalidad y una mayor esperanza de vida impulsan la llamada ‘economía plateada’. Foto:iStock
El creciente bloque de votantes de mayor edad “exigirá una mayor proporción de recursos destinados a sus preocupaciones, como trasladar recursos de la educación a las pensiones, del futuro al presente”.
Sin embargo, otros esperan menos cambios. Habiendo marchado en primera línea de los levantamientos de protesta en Bogotá, Quito y Santiago, los millennials y la generación Z de hoy es una generación “bastante progresista”, argumentó Irma Arriagada, socióloga chilena. “Creo que algunos (de estos) valores se van a mantener”, anotó.
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Podrían surgir coaliciones intergeneracionales sorprendentes. Las manifestaciones chilenas de 2019 vieron marchar juntos a estudiantes, activistas indígenas y jubilados. Cuando la policía reprimió a los pensionistas que protestaban contra las medidas de austeridad de Milei el año pasado, barras bravas de Boca Juniors y River Plate se sumaron a la refriega portando carteles con una cita de Diego Maradona: “Hay que ser muy cagón (cobarde) para no defender a los jubilados”.
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La federación de jubilados de Uruguay, llamada Onajpu, marcha regularmente para exigir aumentos a la pensión básica estatal de 20.500 pesos (510 dólares) al mes, vivienda social para personas mayores sin hogar y precios más bajos de los medicamentos. “Nuestro eje es la pelea por la jubilación digna”, explicó la secretaria general Estela Ovelar, una señora de 70 años de cabello plateado. Y Aunque Uruguay tiene uno de los estados de bienestar más generosos de América Latina, dijo que “falta más”.
El envejecimiento también podría reconfigurar los debates de política pública en direcciones inusuales. Pedro Bordaberry, senador de Uruguay, ha llamado a un ‘shock inmigratorio’ para compensar la caída de la natalidad. “Uruguay es un país de inmigrantes: somos hijos de los barcos”, dijo. Hoy, cree que su nación, famosamente estable, tiene otra “gran posibilidad” para atraer a jóvenes profesionales de otros países.
Otra incógnita es lo que la Marea Plateada significa para el crimen organizado endémico en América Latina. Si bien la sabiduría convencional sostiene que la delincuencia disminuye a medida que las sociedades envejecen, Uruguay y Chile, dos de los países con las tasas de natalidad más bajas, han visto aumentar sus tasas de homicidio en los últimos años. Y la experiencia sugiere que otros tipos de delitos podrían simplemente trasladarse a internet. Ovelar advierte sobre un aumento de las estafas dirigidas a adultos mayores, que van desde ataques de phishing hasta deepfakes generados por inteligencia artificial.
El lado positivo
Querubín, la consultora del BID, rechaza el lenguaje de crisis que a menudo se utiliza al hablar del envejecimiento en A. Latina. Pocos podrían objetar razonablemente que las personas vivan más tiempo, o que los jóvenes –especialmente las mujeres– gocen de mayor control sobre sus vidas.
De hecho, gracias a mejores dietas, condiciones laborales, tratamientos médicos y ejercicio físico, muchos de los jubilados latinoamericanos de 2050 también seguirán siendo activos y en forma hasta bien entrados en los 70. La discusión, argumenta la consultora, debería centrarse en cómo empoderar a este creciente número de adultos mayores, muchos de los cuales quieren seguir trabajando, pero no encuentran empleos adecuados o se ven frenados por leyes y actitudes sociales. “Esto podría generar enormes oportunidades”, añadió Querubín.
Las empresas, las ONG y los gobiernos también trabajan para apoyar que los ciudadanos permanezcan más tiempo en la fuerza laboral activa. El Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores de México organiza ferias de empleo y programas de capacitación para ayudar a personas mayores de 65 años a mantenerse en el trabajo y hacer la transición a nuevos sectores. Pro Mujer, una ONG, ofrece en Bolivia servicios financieros y capacitación a mujeres de 60 a 70 años que desean iniciar microempresas.
La firma Maturi, con sede en São Paulo, busca conectar a unos 200.000 usuarios registrados mayores de 50 años con empleadores, gestionando la alineación de perfiles, la preselección, las entrevistas y las ofertas de empleo. Y un grupo de emprendedores de más de 60 años en toda la región –en campos que van desde destilerías de tequila integradas solo por mujeres hasta programas de descuentos por fidelidad impulsados por fintech– demuestra que la edad no es un obstáculo para fundar una empresa.
En América Latina, se prevé que el mercado de la economía plateada –que abarca salud, productos financieros, vivienda asistida y turismo accesible– crezca de US$ 280.000 millones de dólares en 2024 a US$ 650.000 millones en 2033. La ONU estima que el cuidado de adultos mayores por sí solo, una industria difícil de automatizar, podría generar 31 millones de empleos en toda la región para la década de 2030.
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El AgeTech, que abarca áreas como la robótica asistencial (piense en prótesis biónicas) y la biotecnología para prolongar la longevidad, es un área de crecimiento especialmente llamativa. En México, la plataforma Koltin, respaldada por capital de riesgo, usa la tecnología para ofrecer seguros de salud digitales personalizados y actividades sociales para mayores de 50 años, contribuyendo a cerrar la brecha de protección social.
WideLabs, en Brasil, combina la inteligencia artificial con la salud cognitiva para ayudar a pacientes con alzhéimer a recuperar recuerdos y reconstruir su propia historia de vida. Háblalo, una aplicación gratuita sin conexión creada por el fundador argentino Mateo Salvatto, ayuda a adultos mayores con dificultades para hablar o escuchar a comunicarse: actualmente cuenta con medio millón de usuarios en 50 idiomas.
Otra empresa con este enfoque, y con sede en Uruguay, es Pills and Care, lanzada en 2017, cuando el ingeniero Rodrigo Arias tenía dificultades para que su abuela tomara sus pastillas para la presión arterial. Los estudios muestran que aproximadamente la mitad de las personas no toma su medicación según lo prescrito, lo que aumenta el riesgo de complicaciones. Su solución: un dispensador de pastillas que puede monitorearse y controlarse a través de una aplicación. La tecnología, subrayó Arias, apoya y no reemplaza a los seres queridos y a los cuidadores.
La tendencia regional y mundial hacia los hogares unipersonales será “difícil de revertir”, dice. “Necesitamos ayudar a las personas que son cada vez mayores, y que viven más tiempo y solas, a vivir de manera más independiente”.
Otra ventaja, afirma el demógrafo Rosero-Bixby, es el segundo dividendo demográfico: el potencial impulso económico que puede desbloquearse invirtiendo sabiamente los ahorros de los adultos mayores. Los fondos de pensiones privados de Chile han destinado más de US$ 14.000 millones desde 2000 a carreteras, hospitales, puertos, energías renovables y redes de transmisión. Las administradoras de fondos de retiro de México, o Afores, acumulan unos US$ 438.000 millones en aportes previsionales: equivalente al 22 por ciento del PIB. Estos fondos se movilizan cada vez más para financiar gasoductos, vivienda social, instalaciones turísticas y parques industriales de nearshoring.
Las tasas de natalidad también podrían repuntar ligeramente a corto plazo, a medida que quienes posponen la paternidad decidan dar el paso. Gómez y Cañete, la pareja paraguaya, no han descartado tener hijos. Ver a estudiantes de secundaria marchar contra la corrupción los lleva a preguntarse “que increíble sería criar a un humano bajo esa consigna, con libertades y conocimientos que mis padres y los padres de Fer no podían darnos a nosotros”. De vez en cuando, él también lo ve así: “cada tanto, uno siente una chispita”.
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Así está el panorama en Colombia
Según datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), en 2025 se registraron 433.678 nacimientos en Colombia, lo que representa una reducción de 20.223 nacimientos con respecto al 2024, cuando se reportaron 453.901. Esto representa una caída del 4,5 por ciento que, no obstante, es considerablemente menor que la del 2024 (12 por ciento), y que la del 2023 (10,1 por ciento).
La parte más inquietante es que la tasa de fecundidad descendió a 1,0 hijos por mujer en 2025, muy lejos del 2,1 considerado necesario para garantizar el reemplazo generacional en el país. Para entender la velocidad de este descenso, baste con señalar que, en el 2015, es decir, hace solo una década, este indicador era de 1,7 hijos por mujer.
Paralelamente, la tasa general de fecundidad, que mide el número de nacimientos por cada 1.000 mujeres entre los 15 y 49 años, cayó a 30,9, una disminución de 1,7 puntos frente al año anterior, y de 22,4 puntos en comparación con 2015. Y es especialmente fuerte entre las mujeres de 20 a 24 años, donde la tasa pasó de 54,7 a 51,3 nacimientos por cada 1.000 mujeres durante el último año. El número de personas por hogar también se está reduciendo. En 2025 era de 2,82 personas por hogar, mientras que en 2019 esa cifra era de 3,1. A lo que se suma que uno de cada cinco hogares ya es ‘unipersonal’.
LAURENCE BLAIR (*)
Americas Quarterly
Montevideo
(*) Escribe desde Paraguay para ‘The Guardian’, ‘The Economist’ y ‘The New York Times’. Es autor de ‘Patria’, una historia alternativa de Suramérica, y editor especial de ‘The Paraguay Post’.
Publicado por Autor El Tiempo