Para la oposición nicaragüense, el fin de las elecciones libres no comenzó con el reciente anuncio de Daniel Ortega, en el poder desde 2007, sino años atrás, con el encarcelamiento de aspirantes presidenciales, la ilegalización de partidos y el exilio de decenas de dirigentes.
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Sin embargo, la posibilidad —por remota que fuera— de que algún día las urnas volvieran a convertirse en un escenario de disputa política seguía presente en el discurso de buena parte de la disidencia. Ese escenario cambió esta semana.
“Que se olviden, aquí (en Nicaragua) no volverá a haber elecciones para que por ahí intenten ellos atrapar el gobierno y atrapar el poder”, afirmó Ortega durante el 47.º aniversario de la Revolución Sandinista. Con esa frase no solo descartó la posibilidad de unos comicios libres, también cerró de tajo cualquier posibilidad de alternancia en el poder.
El anuncio fue la culminación de un proceso que se aceleró tras la represión de las protestas de 2018 y que terminó de consolidarse con la reforma constitucional de 2025. Esa modificación convirtió a Ortega y a su esposa, Rosario Murillo, en copresidentes, amplió el mandato presidencial y reforzó el control del Ejecutivo sobre las instituciones del Estado.
Daniel Ortega en posesión de Nicolás Maduro. Foto: Redes sociales
“En Nicaragua no existe Constitución, no existen leyes; lo único que prevalece es la voluntad de Ortega y de Murillo. La Constitución es simplemente irrelevante. No hay servidores públicos, sino sirvientes de la dictadura”, dijo Enrique Sáenz, exdiputado nicaragüense y uno de los principales opositores exiliados.
Con ese panorama, la pregunta pasó de ser cuándo podrían celebrarse unas elecciones con garantías a qué estrategia puede seguir la oposición ante la realidad de que la vía electoral desapareció por completo.
La respuesta dista de ser sencilla. Dirigentes opositores y expertos, en diálogo con EL TIEMPO, coinciden en que el margen de maniobra es hoy más estrecho que nunca. No obstante, sostienen que el cierre de la vía electoral no implica necesariamente el fin de la resistencia democrática.
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Reconstruirse desde el exilio
El primer desafío de la oposición nicaragüense es, paradójicamente, sobrevivir. La mayoría de sus principales dirigentes ya no está en el país y algunos fueron encarcelados antes de las elecciones de 2021.
Esa dispersión debilitó su capacidad para organizarse, pero también abrió la posibilidad de articular fuerzas desde el exterior.
Para Enrique Sáenz, esa situación no es una anomalía, sino un patrón que se repite a lo largo de la historia nicaragüense. “Una dictadura obliga a que la resistencia se organice desde el exterior”, afirmó.
El exdiputado recuerda que el propio Frente Sandinista construyó buena parte de su estrategia contra la dictadura de Anastasio Somoza desde el exilio. “El principal reto consiste en construir un bloque cohesionado alrededor de la democracia”, sostuvo.
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, junto a su esposa, Rosario Murillo. Foto: Presidencia de Nicaragua / EFE
No se trata de un desafío menor, pues tras años de persecución la oposición agrupa desde antiguos comandantes sandinistas convertidos en críticos del régimen hasta empresarios, estudiantes, movimientos campesinos, religiosos perseguidos y organizaciones de derechos humanos.
Esa diversidad fue una fortaleza durante las protestas de 2018, pero también —recuerda Sáenz— dificulta la construcción de un liderazgo único y de una estrategia común.
A esa complejidad se suma un entorno de represión que, según organizaciones internacionales, sigue limitando cualquier intento de reorganización política dentro del país.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos documentó al menos 2.090 detenciones arbitrarias entre abril de 2018 y febrero de 2023 y sostiene, además, que persisten las detenciones arbitrarias, las desapariciones, la tortura y otras formas de persecución contra voces críticas.
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Mantener a Nicaragua en la agenda internacional
Si dentro del país el margen de acción es prácticamente inexistente, el desafío se traslada al plano internacional.
Desde hace varios años, organizaciones opositoras concentran buena parte de sus esfuerzos en documentar violaciones de derechos humanos, impulsar sanciones contra funcionarios del régimen y mantener el caso de Nicaragua en organismos como Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, entre otros.
Sin embargo, esa estrategia también enfrenta límites. A diferencia de Venezuela —cuya crisis ocupa un lugar central en la agenda desde hace más de una década—, Nicaragua parece no ser una prioridad para la comunidad internacional.
Esa pérdida de protagonismo también se refleja en Washington. El país no ocupa hoy un lugar central en la política exterior de Estados Unidos. Analistas sostienen que el régimen de Ortega logró mantener una relación pragmática con la Casa Blanca, marcada principalmente por la cooperación en asuntos como la migración y el combate al narcotráfico, además de la continuidad de los vínculos comerciales.
La Policía intenta detener al reportero Luis Sequeira durante una manifestación en Managua. Foto: Efe
“En general, el Gobierno de Nicaragua ha intentado mantener una posición crítica, para no renunciar por completo a su postura histórica, pero sin desafiar abiertamente a EE. UU.”, explicó Tiziano Breda, analista sénior para América Latina y el Caribe en Acled, en diálogo con La Nación de Argentina (GDA).
Esa menor atención internacional preocupa especialmente a la oposición en el exilio. Para Gonzalo Carrión, miembro del Colectivo Nicaragua Nunca Más, el mayor riesgo es que la crisis termine normalizándose en la agenda internacional.
“Hay gobiernos que se proclaman de izquierda democrática y que no han dicho absolutamente nada frente a las atrocidades. Del mismo modo, existen gobiernos democráticos que prefieren mirar hacia otro lado”, afirmó.
Esa percepción es compartida por Dora María Téllez, historiadora y una de las figuras más emblemáticas de la revolución sandinista de 1979, quien sostiene que el menor escrutinio internacional fortalece la sensación de impunidad del régimen. “El elemento central es que Ortega siente que cuenta con impunidad por el hecho de que el ambiente internacional no está viendo hacia Nicaragua”, dijo en diálogo con Univisión.
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Pese a ello, los expertos consultados coinciden en que mantener la presión internacional sigue siendo una de las pocas herramientas con las que cuenta hoy la oposición. Aunque las sanciones y las condenas diplomáticas no provocan cambios inmediatos en el comportamiento del régimen, sí contribuyen a aumentar su aislamiento, documentar posibles responsabilidades individuales y mantener abiertas eventuales investigaciones internacionales sobre violaciones de derechos humanos.
“Está muy bien que gobiernos y organizaciones expresen alarma y censura ante el descaro del dictador. Nosotros debemos meternos por ese hoyito y hacerlo más grande”, agregó Sáenz.
Resistir hasta que cambie el equilibrio de poder
La desaparición de la vía electoral también obliga a la oposición a cambiar de objetivo. Durante años, buena parte de su estrategia estuvo ligada a las elecciones, aun cuando denunciaba que el proceso carecía de garantías. Hoy ese calendario dejó de ser una referencia y el objetivo inmediato ya no consiste en preparar una campaña, sino en mantener la capacidad de organización para un escenario de largo plazo.
Gonzalo Carrión está en el exilio. Foto: Nicaragua Nunca Más
Los analistas coinciden en que una eventual transición difícilmente surgirá por iniciativa del propio régimen —Sáenz sostiene que Ortega no busca un sistema de partido único, sino garantizar la continuidad del poder dentro de la familia presidencial— y que, si algún día se produce un cambio político, probablemente responderá a varios factores, pero principalmente a una reconfiguración del poder dentro del oficialismo.
Ese escenario gana peso por la edad de Ortega, que cumplirá 81 años en noviembre, y el creciente protagonismo de Murillo, por lo que el debate se centra en cómo se resolverá una eventual sucesión y en si el sandinismo seguirá unido cuando llegue ese momento.
Téllez interpreta el reciente anuncio de Ortega a la luz de ese proceso. Según sostiene, Murillo habría intentado en los últimos meses establecer contactos con distintos actores políticos de cara a las elecciones previstas para 2027, pero esas gestiones no prosperaron, lo que, a su juicio, refleja un menor margen de maniobra dentro del propio oficialismo.
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Con todo esto, la oposición reconoce que apostar exclusivamente a una eventual división interna sería un error. Sus principales desafíos siguen siendo mantenerse políticamente viva, conservar el respaldo internacional y estar preparada para aprovechar cualquier oportunidad de apertura.
CAMILO A. CASTILLO — Subeditor Internacional — X: @camiloandres894
(*) Con reportería de Santiago Venera
Publicado por Autor El Tiempo