«Uno, dos y tres, Lula otra vez”, coreaban este domingo más de 3000 seguidores del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, en un centro de convenciones en el norte de São Paulo, mientras él levantaba los brazos y caminaba por el escenario con la clara intención de mostrarse fuerte y saludable, a menos de tres meses de cumplir 81 años. Con camisa blanca, sombrero de paja color crema, micrófono en mano y una hoja con apuntes que apenas revisaba, Lula lucía alegre y vigoroso, mientras proclamaba oficialmente su candidatura a la reelección.
De ganar, iniciaría su cuarto período como mandatario del país más grande, poblado y poderoso de América Latina. Con 213 millones de habitantes (7.º en el mundo) y 8,5 millones de kilómetros cuadrados (5.º en superficie), Brasil es la octava economía del planeta en virtud de su PIB anual, que ya superó a tradicionales potencias como Francia y el Reino Unido. Consciente de su poderío, el gigante suramericano se ha posicionado, al lado de China, Rusia e India, en el bloque de grandes economías que se muestran independientes de Estados Unidos, conocido como Brics, por las iniciales de sus nombres.
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En la primera vuelta fijada para el 4 de octubre, Lula se enfrentará al candidato del Partido Liberal, Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, el líder de la derecha populista radical que está preso tras haber sido condenado, en septiembre pasado, a 27 años de prisión por intentar un golpe de Estado, a fines de 2022, que buscaba desconocer la victoria de Lula, quien lo había derrotado en las presidenciales de ese año.
Aunque entre febrero y abril de este año Bolsonaro hijo había logrado emparejar las encuestas de intención de voto con Lula, la revelación en mayo de una grabación en la que le pide dinero al banquero Daniel Vorcaro, encarcelado por fraude, frenó su impulso. Un sondeo de Atlas Intel para la segunda vuelta situó a Lula con 48,9 por ciento de la intención de voto, contra 41,8 por ciento de Bolsonaro hijo. Tres semanas antes, Lula había estado abajo por tres décimas.
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva Foto:AFP
Mientras su opositor retrocede, Lula se ha asegurado el apoyo de varios grupos centristas, entre ellos el PSB de su vicepresidente, Geraldo Alckmin, quien volverá a acompañarlo en la papeleta. Para el empresariado brasileño, Alckmin se ha convertido en el garante de que, en paralelo con sus políticas de gasto social, el mandatario mantenga condiciones favorables para el desarrollo de la empresa privada y el sostenimiento de su competitividad internacional.
En semanas recientes, también han favorecido a Lula los ataques que le han dirigido los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de Argentina, Javier Milei. El primero cuestionó la condena de Bolsonaro padre por parte del Tribunal Supremo, y con esa excusa ha blandido constantemente contra Brasil el garrote del alza de los aranceles. En cuanto a Milei, el sábado 25 de julio estuvo presente en el lanzamiento de la candidatura de Bolsonaro hijo, y pronunció un discurso en el que insultó a Lula. Lo trató de “ladrón” y se refirió a sus políticas como “basura socialista”, antes de acusarlo de “despilfarrar”, con sus programas de gasto social, el dinero de los brasileños.
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Trump es bastante impopular en Brasil: en un sondeo de junio, 54,8 por ciento de los encuestados por Atlas Intel dijeron tener una imagen negativa del inquilino de la Casa Blanca, contra 41,7 por ciento que dijo tenerla positiva. La narrativa de Lula en cuanto a que Brasil está sufriendo una embestida intervencionista por parte de la derecha populista internacional ha calado entre millones de brasileños, entre ellos muchos analistas.
“Dado que Brasil es un país altamente estratégico en América Latina, tanto por su tamaño como por la importancia de su economía, corremos el riesgo de presenciar una injerencia extranjera en las elecciones por parte de la extrema derecha, especialmente de Estados Unidos y Argentina”, le dijo hace pocos días al diario parisino Le Monde Marco Antonio Carvalho Teixeira, politólogo de la Fundación Getúlio Vargas.
Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, en el Foro Económico Internacional. Foto:AFP
El favorito de las encuestas, ¿qué hay detrás?
Cabalgando sobre el sentimiento nacionalista, que siempre ha sido fuerte en Brasil, así como en la promesa de continuar e incluso ampliar sus programas sociales para favorecer a los hogares más pobres, Lula aparece como favorito con miras tanto a la primera como a la segunda vuelta de las elecciones de octubre, como lo confirman las encuestas publicadas en las semanas recientes.
Entre mayo, cuando aparecieron las grabaciones de Bolsonaro hijo pidiendo dinero al banquero preso por fraude, y julio, Lula ha sostenido su ventaja. Un nuevo sondeo de Atlas Intel divulgado la semana pasada ubicó al mandatario con 44,9 por ciento de la intención de voto, seguido por Bolsonaro (35,8 por ciento), por el centroderechista Renan Santos (7,8 por ciento) y por el médico Ronaldo Caiado (3,1 por ciento). A Bolsonaro también lo ha afectado el conflicto que mantiene con Michelle Reinaldo, la tercera esposa de su padre y quien cuenta con amplio respaldo entre las iglesias cristianas, que fueron claves para el triunfo de Bolsonaro padre en las elecciones de 2018.
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En cuanto a los escenarios de segunda vuelta, Lula conserva la ventaja sobre el hijo del expresidente preso: 48 por ciento contra 43 por ciento, según una encuesta de Datafolha conocida hace 10 días. En lo referente al llamado ‘voto-rechazo’, los números son un poco más apretados: 48 por ciento dice que nunca votaría por Bolsonaro hijo, contra 46 por ciento que asegura que nunca votaría por Lula.
Este lunes, la analista de Le Monde Anne-Dominique Correa explicó que Lula se aferra al balance social de su gobierno, durante el cual “el presidente amplió… programas sociales, redujo el desempleo y la deforestación en la Amazonia hasta niveles históricos, otorgó becas a estudiantes para evitar la deserción escolar y exoneró del pago de impuestos a las personas con ingresos mensuales iguales o inferiores a 5.000 reales (unos 980 dólares)”.
El senador brasileño Flávio Bolsonaro, candidato presidencial en 2026. Foto:EFE
“Ahora que lo esencial está garantizado, es hora de dar un paso más”, dijo Lula en su discurso del domingo, al prometer mayor protección del Estado a las personas de la tercera edad y una inversión más amplia en educación, en especial para facilitarles a los jóvenes brasileños el acceso a estudios técnicos y profesionales, y su posterior inserción en el mercado laboral.
A diferencia de otros izquierdistas como el colombiano Gustavo Petro, Lula considera que la garantía para que haya recursos destinados a la inversión social es mantener el crecimiento de la producción de petróleo y gas. En cuanto al gas natural, con el desarrollo de los nuevos pozos offshore, frente a las costas del noreste, Brasil aspira a convertirse, en pocos años, en uno de los grandes productores mundiales.
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En materia petrolera, el impulso de su producción no se ha detenido: a inicios de la década, apenas rondaba los tres millones de barriles diarios. En marzo pasado alcanzó 4,24 millones de barriles por día, 6.º lugar en el mundo, no muy lejos de los 4,49 millones de China. Esos recursos nutrirán los programas sociales, pero también el gasto en defensa, que Lula promete aumentar para garantizar que Brasil pueda seguir actuando con total independencia en el plano internacional.
El reto que implica su avanzada edad
No obstante el favoritismo de Lula en los sondeos y sus esfuerzos por mostrarse en buen estado de salud, el hecho de afrontar esta campaña con cerca de 81 años, edad que cumplirá el 27 de octubre, no deja de inquietar a muchos analistas que hacen cuentas y concluyen que, si gana en octubre, Lula cumplirá 85 poco antes de terminar este nuevo mandato.
Familia Bolsonaro durante una manifestación. Foto:AFP
Para el Partido de los Trabajadores, que Lula conduce desde hace décadas, no es buena noticia que de sus filas no hayan surgido nuevos liderazgos capaces de perfilarse como figuras presidenciables. Esa falta de renovación es, en últimas, la que ha llevado a Lula —único en las encuestas capaz de derrotar a Bolsonaro hijo— a buscar la reelección, a pesar de su avanzada edad.
No es un caso excepcional en el mundo. Las principales potencias del planeta son gobernadas en la actualidad por líderes de más de 70 años; algunos, incluso, por encima de 80. Trump cumplió los 80 en junio, mientras Narendra Modi, primer ministro de la India, llegará a 76 en septiembre. El ruso Vladimir Putin alcanzará los 74 en octubre, y el chino Xi Jinping celebró los 73 en junio.
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No obstante esa tendencia mundial, la realidad es que Lula, quien en dos ocasiones le ha ganado la batalla al cáncer y en mayo fue sometido a sesiones de radioterapia preventiva, no tiene una salud de hierro. Durante los dos meses que vienen, tendrá que mantener el vigor que mostró el domingo en el lanzamiento de su campaña reeleccionista. Pero también, sobreponerse a los avatares de una contienda que, con una opinión tan cambiante como la brasileña, es especialmente azarosa.
“Lula y su equipo de campaña deben mantenerse en alerta, pues, aunque él lleva la ventaja, Bolsonaro hijo se mantiene en la pelea a pesar de los escándalos”, le dijo a EL TIEMPO, en París, un diplomático europeo que sigue de cerca la política brasileña. “Hay una amplia franja del electorado de Brasil que se mueve de manera muy emocional, de modo que cualquier novedad, en especial en estos tiempos en que las redes sociales usadas masivamente por los equipos de campaña, pueden mover la aguja de las encuestas en cuestión de horas”, agregó la fuente. Tanto por su salud como por la aspereza del debate, las ocho semanas que vienen serán para Lula una dura prueba de resistencia.
Publicado por Autor El Tiempo