
07 Oct, 2026 08:42 a. m. EST
Un lobo con 54 kilogramos de peso, pelaje claro y una musculatura que no se veía en la Tierra desde hace más de 10.000 años camina hoy en un espacio controlado de Estados Unidos.
Se llama Rómulo, tiene un hermano gemelo llamado Remo y una compañera, Khaleesi, y los tres forman parte de un proyecto que combina paleontología, genómica y biología sintética para traer de vuelta al lobo gigante, una especie extinta que inspiró a los lobos de Juego de Tronos.
Detrás de este experimento está Beth Shapiro, bióloga evolutiva y directora científica de Colossal Biosciences, la compañía que también trabaja en la recuperación del mamut lanudo y el dodo.

En una entrevista con el podcast Huberman Lab, conducido por el neurobiólogo Andrew Huberman, Shapiro explicó cómo la tecnología de edición genética no solo busca revivir especies desaparecidas, sino también blindar a las que hoy están al borde de la extinción.
El equipo de Shapiro secuenció genomas de fósiles de lobos gigantes y comparó esa información con el ADN de lobos grises actuales.
De ese análisis surgieron 20 ediciones genéticas que explican por qué estos animales eran más grandes, más robustos y de pelaje más claro. Esas variantes se insertaron luego en el genoma de un lobo gris para producir ejemplares con las características físicas del lobo gigante.
“Nuestros lobos gigantes tienen 20 ediciones que elegimos, y secuenciamos genomas de lobos gigantes fósiles. Aprendimos de esos genomas qué cambios genéticos hicieron que esos animales fueran más grandes, más robustos, de pelaje claro, y luego diseñamos esos cambios en un genoma de lobo gris para recrear al lobo gigante”, detalló Shapiro.

La científica también defendió el uso del nombre de la especie extinta para referirse a estos ejemplares, más allá de los cuestionamientos que recibió de otros colegas tras el anuncio. “Si parece un lobo gigante y es capaz de ocupar el nicho de un lobo gigante, estoy contenta de llamarlo lobo gigante”, sostuvo.
Sobre la posibilidad de que los tres ejemplares se reproduzcan entre sí, Shapiro descartó esa opción: “No, están demasiado emparentados. Los estamos deteniendo con hormonas”. La compañía planea formar una segunda manada para estudiar con mayor profundidad el impacto de estos animales en un ecosistema.
La bióloga evolutiva insistió en que la de-extinción y la conservación de especies amenazadas no son objetivos separados, sino dos aplicaciones de la misma tecnología.
Según explicó, el entusiasmo que generan proyectos como el del mamut o el dodo termina financiando y acelerando desarrollos que luego se aplican a animales que todavía existen pero están en riesgo.
La científica sostuvo que la tecnología y la necesidad son las mismas y que el entusiasmo que generan proyectos vinculados a mamuts, dodos y tilacinos ayuda a conseguir mayor compromiso e inversión para desarrollar herramientas destinadas a prevenir la extinción de especies que aún existen.

Respecto al mamut, aclaró que el objetivo no es clonar un individuo idéntico al que existió, sino identificar los rasgos compartidos entre todos los mamuts que los distinguen de los elefantes actuales.
“Nos estamos enfocando en las características que son iguales en todos los mamuts, pero diferentes de las de los elefantes, porque creemos que esas son las que definen qué hace que un mamut sea un mamut”, explicó.
El hurón de patas negras, especie que estuvo al borde de desaparecer por la caza de perros de las praderas, enfrenta hoy un problema de baja diversidad genética y una amenaza directa: la plaga.
Equipos asociados a Colossal clonaron ejemplares a partir de tejido congelado para ampliar esa diversidad e investigan además la base genética que permitiría volver a la especie resistente a la plaga.

Un caso similar ocurre en Australia con el quoll del norte, un marsupial carnívoro amenazado por la ingestión de sapos de caña, una especie tóxica introducida en el continente. Según Shapiro, el equipo logró incorporar en el quoll una variante genética presente en otros mamíferos que sí pueden consumir sapos tóxicos sin morir.
Frente a quienes cuestionan la intervención humana en los ecosistemas, la científica fue contundente sobre el costo de no actuar: “No hacer nada no es no decidir. No hacer nada es decir que aceptamos el hecho de que vamos a tener un futuro menos biodiverso que el presente”, sostuvo.
Shapiro también relativizó la idea de que estas intervenciones impliquen cruzar límites éticos inéditos. La bióloga sostuvo que la intervención humana sobre otras especies no es un fenómeno nuevo y señaló como antecedentes la domesticación del lobo gris y la transformación del teosinte en maíz.
Respecto a los lobos gigantes recreados, la directora científica de Colossal fue clara sobre los planes inmediatos: no se liberarán en la naturaleza. El objetivo actual es estudiar a los animales existentes para entender el efecto de sus genes sobre la salud y la expectativa de vida antes de evaluar cualquier paso futuro.
Publicado por Autor Infobae