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A finales de julio tuve la oportunidad de estar en Lima, por cuenta de la posesión de Keiko Fujimori como nueva presidenta del Perú. Como es usual en este tipo de eventos, hay un momento en que los invitados aprovechan para saludarse y posar con quien asume los destinos de su nación. Son encuentros que quedan registrados en una instantánea.
Así pasó con una fotografía tomada en aquella fecha. Aparte de nuestra anfitriona y del suscrito, en el registro aparecen los presidentes de Chile, Bolivia, Ecuador, Panamá y el hoy vicepresidente de Colombia. Creo no equivocarme al afirmar que es la primera vez en muchos años que se logra obtener una imagen que reúne a los líderes de lo que se denomina la subregión andina extendida, en la que salta a la vista una genuina cordialidad entre todos.
A su manera, Venezuela también nos acompañó. No hay en nuestros países una diáspora de tamaño similar, compuesta por cinco millones de personas que encontraron la solidaridad de tantos y la posibilidad de labrarse un camino. La masiva ayuda tras el terremoto de mediados de año y la normalización gradual de relaciones diplomáticas y consulares con Caracas son motivo de esperanza respecto a lo que viene.
Más allá de entrar a analizar los casos particulares o detenerse en el movimiento del péndulo ideológico en un sentido determinado, lo que deseo destacar en este escrito es que existe una nueva realidad en la zona, la cual hace factible avanzar hacia una consolidación de la integración andina. El sueño existe desde hace rato, como lo expresó en su momento Simón Bolívar un par de siglos atrás, pero sigue siendo esquivo.
De tiempo en tiempo, esos anhelos han resurgido. El proceso más estructurado de todos fue el derivado del Acuerdo de Cartagena, que daría lugar al Grupo Andino a finales de los años sesenta del siglo pasado.
Sus grandes inspiradores serían el colombiano Carlos Lleras Restrepo y el chileno Eduardo Frei Montalva, quienes convencieron a los escépticos y lanzaron un esquema ambicioso que, entre otros, daría vida a CAF. Con el correr de los años, sin embargo, los desencuentros acabarían imperando y aunque algo del planteamiento original sobrevive, las frustraciones han sido numerosas.
Diversos estudios han analizado con profundidad los éxitos y los descalabros de la hoy Comunidad Andina. No pretendo en estas líneas decir qué ajustes merece la estructura actual ni hablar de lo que no me corresponde. Simplemente opino que hay una gran oportunidad que deberíamos aprovechar, tanto para estrechar los lazos que unen a los países que comparten un pasado común, como para atraer inversiones que a la vez se traduzcan en fuentes de prosperidad y empleo.
Antes de desarrollar el argumento, vale la pena enfatizar que el contexto internacional ha experimentado grandes transformaciones en épocas recientes. Resulta incuestionable afirmar que el mundo como lo conocíamos dejó de existir y ahora se reorganizó de la mano de la fragmentación del poder y la geopolítica.
Los presidentes de Chile, Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia; Díaz-Granados y el ‘vice’ Restrepo. Foto:@AGENDACAF
Un ejemplo claro de lo ocurrido es el comportamiento de los flujos comerciales. Para citar un caso cercano, Estados Unidos, por cuenta de una estrategia explícita, redujo en forma significativa sus importaciones de China entre 2017 y 2025, en una suma cercana a los 130.000 millones de dólares anuales.
Dicho espacio acabaría siendo llenado por otros proveedores, algunos de ellos localizados en el sudeste asiático. No obstante, el gran ganador fue México, que aumentó de manera sustancial las ventas que le hace a su vecino del norte, algo en lo cual no pesó la suerte, sino el método.
Este incluyó ofrecer una proporción creciente de bienes con valor agregado y de mayor sofisticación tecnológica. Hace diez años habría sonado inverosímil afirmar que los mexicanos despacharían al otro lado de la frontera más semiconductores que Taiwán, pero es exactamente lo que pasa hoy en día.
Aparte de celebrar semejante caso de éxito, lo importante es que el reacomodo global no ha terminado. Quienes examinan las tendencias hablan de, al menos, cuatro olas fundamentales que han ganado en tamaño y serán todavía más grandes en el futuro cercano.
En la lista se encuentran la energía, que incluye la generación a partir de fuentes no contaminantes y la transmisión a un costo competitivo. Junto a esa transición aparece la mayor demanda prevista para minerales críticos como el cobre o el litio, indispensables en las baterías que mueven los automóviles eléctricos o en los paneles solares.
Tampoco se puede desconocer la necesidad de aumentar la oferta de alimentos en un planeta cuya población sigue expandiéndose. Y a lo anterior hay que agregarle los datos, que son la materia prima de innovaciones en marcha como la inteligencia artificial y que requieren poder de cómputo o conectividad.
Posibilidad real
Convertirse en un jugador importante en cada uno de esos segmentos es algo totalmente factible para América Latina y el Caribe, en general, y para la región andina, en particular. Tengo claro que nada sucederá por generación espontánea y que estamos obligados a hacer una serie de tareas pendientes si no queremos desperdiciar una posibilidad que serviría para superar con rapidez atrasos y desigualdades.
Dentro de las múltiples talanqueras que requerimos dejar atrás se encuentran una tasa de inversión muy inferior a la que se ve en otras partes del mundo y una productividad laboral muy baja, algo que está relacionado con los elevados niveles de informalidad que nos agobian. Reglas de juego justas para los capitales destinados a proyectos productivos y reformas que nos permitan vencer las rigideces que benefician a pocos a costa de muchos requieren visión y liderazgo.
También aparece en el horizonte el atractivo de la integración. No se trata en absoluto de proponer una agenda nueva, sino de volver al mandato fundacional de seis décadas atrás, haciendo uso de los instrumentos actuales.
Que el potencial está ahí es una verdad de a puño. Cuando se mira el peso de una subregión ampliada que comprende a Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, estamos hablando de unos 170 millones de habitantes y un Producto Interno Bruto conjunto cercano a los 1,5 billones de dólares.
Mejorar el acceso impulsará tanto la industrialización como el desarrollo de las cadenas de valor, a partir de las ventajas comparativas de cada uno.
Espacio para crecer hay mucho. El comercio intra-andino representa apenas el 8 por ciento del intercambio que hacen nuestros países, una media muy inferior a la latinoamericana, que ya es muy baja en términos mundiales. En comparación, el indicador es de 67 por ciento en la Unión Europea, de 59 por ciento en el Asia-Pacífico o de 22 por ciento en Asean.
Cada decimal que se gane ahí equivaldrá a un mercado nuevo para muchos bienes que elaboramos. Mejorar el acceso impulsará tanto la industrialización como el desarrollo de las cadenas de valor, a partir de las ventajas comparativas de cada uno.
Reconozco que existe un punto de partida. A finales del siglo pasado comenzó un proceso de eliminación de aranceles que llegó a encender una luz de esperanza. El problema es que persistieron trancas de diferente índole, las cuales no son menores. Me refiero tanto a las barreras regulatorias que comprenden requisitos, registros, certificaciones y estándares distintos, como a las barreras productivas que pasan por la baja complementariedad empresarial, la limitada integración de las pequeñas y medianas empresas o la escasa acumulación de origen.
Aparecen igualmente las barreras de conectividad, que abarcan costos logísticos elevados, pasos fronterizos congestionados, limitada conectividad aérea y brechas digitales. No menos importantes son las barreras financieras, como los pagos transfronterizos onerosos y poco interoperables.
La combinación de factores nos sale muy cara. Un cálculo que hemos hecho en CAF nos dice que las medidas técnicas y arancelarias pueden generar recargos de entre 17 y 28 por ciento en las importaciones intrarregionales. Además, la heterogeneidad regulatoria promedio alcanza 58 por ciento. El estimativo es que cerrar la mitad de esa brecha podría aumentar los flujos comerciales intrarregionales en 17 por ciento.
Cuatro apuestas
Diagnóstico aparte, propongo concentrarnos en cuatro capítulos concretos para poder cosechar resultados tangibles.
El primero trata de la armonización normativa y las reglas de origen, algo que se traduce en que una empresa enfrenta requisitos distintos en cada país de la subregión. De lo que se trata es de contar con un acervo normativo andino que sea una ventaja competitiva que reduzca duplicidades, al igual que tiempos y costos de cumplimiento.
Lo anterior implica también avanzar hacia normas compatibles, que se traducirían en fronteras más ágiles en donde se usen más herramientas tecnológicas. Así mismo, sería ideal el reconocimiento mutuo de certificaciones y reglas de origen más flexibles, que permitan incorporar insumos y proveedores regionales manteniendo el origen andino del producto final.
Iniciativas concretas ilustran la idea. Me refiero a actualizar el Convenio de Complementación del Sector Automotor Andino para incorporar vehículos híbridos y eléctricos, facilitar el ingreso de Perú y renegociar reglas específicas. Otro ejemplo es crear mecanismos de homologación sanitaria de vía rápida y reconocimiento simplificado para productos de bajo riesgo, replicando aprendizajes del sector cosmético y de aseo.
Imaginemos lo que podríamos lograr en renglones como los agroalimentos sostenibles y premium, a sabiendas de que contamos con condiciones naturales únicas para ser una verdadera potencia.
Un segundo objetivo es el de desarrollar cadenas regionales de valor en agroindustria, manufactura, siderurgia, industria farmacéutica, cosméticos, servicios digitales y logística, integrando proveedores y pequeñas y medianas empresas. Estas últimas representan más de 98 por ciento del tejido empresarial regional, pero participan en menos de 25 por ciento de las cadenas de valor, y en exportaciones su peso es inferior al 5 por ciento.
Imaginemos lo que podríamos lograr en renglones como los agroalimentos sostenibles y premium, a sabiendas de que contamos con condiciones naturales únicas para ser una verdadera potencia. Avanzar en trazabilidad, indicaciones geográficas y un mayor nivel de procesamiento local de productos como cacao, café, frutas o comida congelada es algo que podría conseguirse si avanzamos en el mismo sentido.
En tercer lugar, planteamos una política de cielos abiertos andinos. Consiste en promover la conectividad aeroportuaria, combinada con la facilitación migratoria, para que tengamos más vuelos, menores tarifas, más turismo, comercio, negocios y una mayor integración entre nuestros pueblos.
Como cuarto elemento está el de construir sobre lo que tenemos. Volver realidad lo expuesto comprende apostarle a la capacidad institucional ya existente, algo que incluye mecanismos supranacionales capaces de tomar decisiones vinculantes para los países miembros, sin necesidad de repetir el proceso legislativo país por país. Aquí el reto es moverse con pragmatismo, gradualidad y consecución temprana de resultados, siempre que exista mandato político y capacidad técnica de ejecución.
Para concluir, debo señalar que la CAF puede actuar como catalizador de esta agenda, articulando conocimiento, cooperación técnica, preparación de proyectos y financiamiento. El paquete que hemos identificado para lo que hemos llamado ‘Estrategia de Integración Regional Pragmática 2026-2031’ propone aprobar 10.000 millones de dólares en créditos, movilizar 240 millones de dólares en asistencia técnica y asegurar que comencemos a dar pasos específicos para acercarnos mucho más.
Y si bien queremos que este esfuerzo se extienda por toda América Latina y el Caribe, no dudo que las naciones andinas cuentan con condiciones únicas para demostrar la validez del conocido refrán, según el cual “la unión hace la fuerza”. Más crecimiento, más empleo, más inversión y más competitividad global son metas alcanzables si trabajamos con ahínco para que el sueño de la integración pueda volverse realidad tan pronto como sea posible.
SERGIO DÍAZ-GRANADOS*
Especial para EL TIEMPO
(*) Presidente de CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe.
Publicado por Autor El Tiempo