El ventilador de tres aspas azules lleva más de 30 horas sin funcionar. En la casa de Amparo Coroneaux, de dos por tres metros, en La Habana vive entre sus muebles desgastados por el tiempo y rotos por la resistencia.
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Santiaguera con 80 años de vida, solo quiere descansar. La diabetes y una hernia discal provocada por cargar agua le han quitado las energías para casi todo. Sus dos gatos son su compañía diaria, junto con ‘Pepín’, José Pascual León, su amigo de toda la vida.
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Él le lleva pan a diario para que se tome, aunque sea, con un café. Su pensión es de 5 dólares y cada vez la situación, como a la mayoría de los cubanos, se le complica más.
Amparo camina un par de metros para ir a la iglesia del Espíritu Santo. Es allí donde se reúnen los adultos mayores para comer los martes, miércoles y viernes. “Si no fuera por esta ayuda, no sé qué comería”, dice.
Al mediodía, con el inclemente sol del verano y temperaturas de 36 grados, alrededor de 60 adultos mayores llegan a la iglesia para escuchar la santa misa que preside el padre Ramón y posteriormente ir al comedor para recibir un plato de comida: lentejas, arroz y algunos vegetales.
El presupuesto sale de donaciones privadas que llegan a la iglesia gracias a la diligencia del sacerdote. Cuba importa hoy más del 80 % de los alimentos que consume, y la inflación –según la propia Oficina Nacional de Estadística e Información del país– supera el 20 % anual.
Amparo trabajó toda la vida para la Revolución. Todo iba a ser mejor. Ese mejor nunca llegó. En la pequeña sala de su casa cuelga un retrato del comandante Fidel Castro; ella lo mira con cierta nostalgia.
Amparo Coroneaux, 80 años, come un pastel y comparte con sus gatitos en su casa sin luz. Foto:ELIANA APONTE
Dentro de un cajón guarda las fotos de sus recuerdos y la primera que muestra es una de Fidel.
“¡Yo no soy comunista, soy fidelista!”, afirma.
Fue su líder, su padre, su todo.
“Si Fidel viviera, esto no estaría pasando”.
La generación de los años ochenta cree que, si Fidel Castro estuviera vivo, Cuba no estaría tan mal. Amparo tiene dos hijos en Santiago de Cuba y uno en Argentina. Poco o nada le mandan.
Vive con la pensión que le da el gobierno después de trabajar para el Partido durante toda su vida laboral, 40 años.
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La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en su vida. Ese día, fuerzas militares de Estados Unidos capturaron en Caracas al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos relacionados con narcotráfico y otros delitos.
La caída del principal aliado político y energético de Cuba tuvo consecuencias inmediatas en la isla. Dependiente del petróleo subsidiado enviado principalmente por Venezuela, la producción nacional llegó a su límite con apenas unos 34.000 barriles diarios, frente a un consumo de cerca de 118.000: es decir, Cuba solo produce 3 de cada 10 barriles que necesita, y el crudo que extrae, además de ser pesado, alimenta unas termoeléctricas envejecidas que llevan años funcionando con mantenimiento insuficiente.
Hasta inicios de año, Caracas enviaba alrededor de 27.000 barriles diarios de petróleo. Ese suministro desapareció. México -colaborador del régimen cubano- evitó reemplazarlo ante la presión de Washington, mientras que Rusia solo envió un cargamento aislado que resultó insuficiente para aliviar la emergencia.,paragraph–16:
Una isla que se renueva energéticamente a la fuerza
El padre Ramón, quien administra el comedor de la iglesia Espíritu Santo. Foto:ELIANA APONTE
Pero, la falta de petróleo en la isla tiene un efecto dominó sobre las necesidades más básicas. No hay combustible para el transporte, para bombear agua ni para la refrigeración de alimentos. Poco a poco, la isla se está apagando e incluso se bromea que ahora hay más ‘alumbrones’ que apagones.
En el primer semestre de 2026 los apagones llegaron a durar hasta 20 horas diarias, con un déficit eléctrico promedio de 1.955 megavatios y solo en julio hubo tres apagones nacionales. Durante el episodio más reciente y el octavo en lo que va del año, las autoridades tardaron 32 horas en restablecer la red eléctrica.
Además, la economía de Cuba está en un declive sin precedentes en su historia reciente: el PIB cayó 1,1 % en 2025, y acumula una contracción del 11 % desde 2019.
Eso sí, de toda crisis salen oportunidades. La empresa privada y los pequeños negocios han sorteado el mal momento comprando paneles solares y baterías para mantener sus productos en buenas condiciones.
Esto hace que parte de la población que tiene ingresos en dólares, ya sea porque recibe remesas de familiares o trabaja para alguna empresa extranjera, pueda sobrevivir.
Cuba se está transformando para generar energía limpia. En sus calles ya no se ven tantos carros antiguos. Por falta de diésel, ahora la población se transporta en vehículos eléctricos o triciclos para ir a sus trabajos y seguir con la cotidianidad.
La tercera edad: el rostro más crudo de la crisis
Maria Luisa Balanque, 79 años, sube los 36 escalones para llegar a su casa.Foto:ELIANA APONTE
Maria Luisa Balanque descansa en su cuarto después de subir los 36 escalones. Junio 25, 2026.Foto:ELIANA APONTE
Maria Luisa Balanque, 79 años, muestra las grietas de su casa en La Habana Vieja. Junio 25, 2026.Foto:ELIANA APONTE
Maria Luisa Balanque, llega al comedor de Sant’Egidio, después de leer el evangelio.Foto:ELIANA APONTE
El sector más perjudicado es la población de la tercera edad: cerca de un 27 % de los cubanos tiene 60 años o más, lo que convierte a la isla en el país más envejecido de América Latina y el Caribe.
Son aquellos que crecieron con los discursos de Fidel Castro o los que pensaban que ser iguales les daría una mejor vida. Muchos siguen creyendo; es como una fe, no se puede perder. Todo va a ser mejor.
“¿Pero para cuándo?”, pregunta María Luisa Balanque, habanera de 79 años.
En sus primeros años de vida laboral, era electricista y se dedicaba a enrollar cable, labor que realizó durante 21 años. Luego se fue a trabajar como policía, pero solo duró dos años. Se retiró con una pensión de invalidez anticipada porque sufre de los huesos y pasar tantas horas de pie no le permitió continuar.
Entonces se dedicó a cantar. ‘La Voz de Oro’, le llamaban. Hoy, gana 6 dólares.
“Para la gente de abajo está malísima la cosa. Cada día los precios son más altos. Para la gente que tiene familia afuera, está bien”, sostiene.
Ida Caridad Benitez Marrero, 76 en Sant’Egidio.Foto:ELIANA APONTE
Ida Caridad Benitez muestra todas las medallas que el gobierno le ha dado a lo largo de los añosFoto:ELIANA APONTE
Ida Caridad Benitez Marrero camina por las calles llenas de basura en su recorrido habitual.Foto:ELIANA APONTE
Todos los martes y jueves va a un comedor que también recibe donaciones de la iglesia de Belén. Acuden alrededor de 200 personas cada día. El 70 % son mujeres y el resto hombres; a ellos les cuesta más aceptar ayuda.
“Es mucha la gente que atendemos”, dice Araceli. “Y todos los que trabajamos aquí somos voluntarios”.
María Luisa vive a cinco cuadras del comedor. Tiene que subir 36 pisos para llegar a su pequeño apartamento donde “no hay luz”, dice. “Cada vez tenemos menos energía”.
El techo está completamente agrietado. Le da miedo que uno de estos días le caiga encima. Está realizando las diligencias para pedir una residencia a la Oficina del Historiador, que es quien administra los hogares para adultos mayores. Siente que cada día que pasa puede quedarse sin techo.
No soy comunista. Las cosas no están bien. Queremos que estén bien (…). Soy muy positiva, duermo tranquila, pero los apagones están duros
Su único hijo vive lejos de su casa. De vez en cuando la visita y le ayuda a subir agua.
“Ni el agua llega. Sin luz, no hay agua”, agrega. Cerca de 3 millones de cubanos enfrentan hoy problemas severos de abastecimiento de agua, en un sistema hidráulico que opera con apenas el 37 % del combustible que necesita.
Siempre sale a la calle, a pesar de su dolencia en las piernas. Vive sola, así que prefiere ir al convento de Belén, donde realizan actividades para los adultos mayores. Allí encuentra compañía, se reúne con sus amigas y participa en actividades como bailar y cantar.
“No hay que perder la fe”, afirma. “Soy fidelista. Si él estuviera vivo, esto no estaría pasando”, repite como tantos otros.
Turismo a la baja
Maria Luisa Balanque, 79 años, descansa en su cuarto después de subir los 36 escalones. Foto:ELIANA APONTE
Y el turismo, que era una de las mayores fuentes de ingresos del país, dejó de entrar. De los 4,7 millones de visitantes que recibió Cuba en 2018, la cifra cayó a 1,81 millones en 2025 (el peor registro desde 2002) y entre enero y abril de 2026 llegaron apenas 328.608 turistas, más de la mitad menos que en el mismo período del año anterior.
La mayoría de los locales están cerrados. Cadenas hoteleras como Meliá, que permaneció 36 años en la isla, anuncian que se van del país junto con Iberostar y Barceló, tras la sanción de Washington a GAESA, el conglomerado militar que controla gran parte del sector hotelero cubano.
Económicamente, el país está al límite bajo la presión de Estados Unidos y el bloqueo energético, hasta el punto de que muchas aerolíneas han dejado de llegar por falta de combustible para repostar.
¿Qué viene para Cuba?
Solo los gobiernos de Estados Unidos y Cuba saben lo que está pasando. Hay muchas especulaciones sobre el futuro de la isla. El gobierno de Miguel Díaz-Canel busca aceleradamente mecanismos para atraer inversionistas e inyectar dinero a la economía a través de la empresa privada. Pero no es tan sencillo. Por más reformas económicas que hagan, el país cada día se desmorona.
Urgen medidas contundentes que provoquen un giro en beneficio de sus ciudadanos. Nadie sabe cuál será el futuro del pueblo cubano. Así lo sostiene Ida Caridad Venítez Marrero, de 76 años, habanera. Es más conservadora a la hora de hablar del futuro.
Con historial militar, dice que está en pie de lucha. Nunca ha dejado de trabajar por su país. Todos los martes, miércoles, jueves y viernes va a los comedores del Espíritu Santo y Belén.
Ida trabajó en el Ministerio del Interior y luego se dedicó a la religión. Durante siete años participó en la Legión de María. Tiene una maestría en Ciencias y es licenciada en Bibliotecología.
“Lo que más recuerdo con nostalgia fue estar en las Fuerzas Armadas de la defensa civil, brindando misión en el extranjero durante la guerra de Angola por dos años”, afirma.
Con su bastón recorre las pocas cuadras que separan su casa del comedor. Su pequeña vivienda tiene lo justo: una sala, un cuarto con baño y una pequeña cocina.
Sus tres nietos y tres bisnietos son hijos de su único hijo, que también vive en La Habana y es pastor de una iglesia. Lo ve muy poco. Su compañía son las amigas que encuentra cada día en el comedor.
Mujeres asisten al almuerzo de la iglesia Espíritu Santo. Foto:ELIANA APONTE
Se dedicó a la patria.
“No soy comunista. Las cosas no están bien. Queremos que estén bien”, dice en su pequeña sala, rodeada de medallas ganadas a lo largo de su vida militar. “Soy muy positiva, duermo tranquila, pero los apagones están duros”, agrega.
A pesar de las medallas, los méritos y los numerosos certificados de buen comportamiento, tiene una pensión de apenas 7 dólares. Sus medallas son su tesoro mejor guardado. Pocas veces las muestra “porque es lo único que tiene de valor”, afirma.
Una vez más, cae la noche sin luz en La Habana. El ventilador de Amparo sigue sin moverse, en medio de un calor que no da tregua y en el que los mosquitos están al acecho por todas partes, mientras los roedores hacen su agosto y los gatos corren sigilosamente por las calles de una ciudad que de a pocos parece apagarse.
ELIANA APONTE – Especial para EL TIEMPO – La Habana
Publicado por Autor El Tiempo